Month: agosto 2009

Un buen médico, el cuarto pilar del tratamiento de la diabetes.

Desde los Archivos de las Dulces Divagaciones… un post publicado originalmente el 2 de enero de 2006.

Por años, en educación en diabetes se ha hablado que los pilares fundamentales del tratamiento son tres: terapia con medicamentos (insulina, hipoglucemiantes orales, etc.), alimentación y ejercicio.

Sin entrar a cuestionar que aquello es verdad puedo decir que he asistido a muchas charlas y casi ninguna, por no decir de frentón ninguna, menciona al médico que atiende al paciente como otro pilar.

Hace un tiempo, estaba en la sede central de la FDJ y me encontré con el papá de una chiquita de 7 u 8 años que había conocido en una Sesión Familiar. Como siempre, le pregunté cómo estaban, y me dijo que salvo por una pequeña herida en un pie (no atribuible a la diabetes) ella estaba espectacular. A lo mejor su hemoglobina glicosilada no era lo que todos hubieran deseado, pero ella estaba feliz. Y la razón fundamental de esa felicidad era que se sentía cómoda con su tratamiento (lantus y novorapid), y más todavía, estaba muy contenta con su “nueva” doctora. Para que decir el regocijo de los padres, que ven en el cambio de médico un cambio notable en la actitud de la niña para enfrentar su tratamiento, que ha redundado en una calidad de vida mejor.

Será que me estoy poniendo viejo (me acerco a las dos décadas de compartir con la Tía Betty), pero no pude abstraerme y recordar mis inicios en el mundo de los “dulcitos”.

Aquella fría y lluviosa tarde del 13 de junio de 1986, el doctor que confirmó el diagnóstico luego de ver los exámenes no encontró mejor forma para explicarme cómo cambiaría mi vida: “Ya no podrás tomar bebidas, no podrás comer chocolates, no podrás comer dulces, no podrás tomar helados ni comer duraznos en conservas… Y además tendrás que inyectarte tú mismo la insulina para toda la vida…”

Sonó bastante lapidario. Pero yo tenía 18 años y además era lo que se decía en esos tiempos… El punto es que hoy todavía quedan médicos que dicen lo mismo… y qué equivocados están. Porque lejos de ayudar al paciente, con tremenda sentencia le hacen un flaco favor a la adherencia que se debe desarrollar en las primeras etapas luego del diagnóstico.
Y algo así le debe haber sucedido a la Vale y a sus padres… Con la diferencia que estamos en el año 2012 ya.

Con aquel médico me seguí controlando por unos cuatro años hasta que él se jubiló y dejó de hacer consulta… Y las circunstancias de la vida me llevaron donde otra profesional. Ella me veía cada tres meses, pero nunca me pidió una hemoglobina glicosilada… Sólo se limitaba a mirar mi cuaderno de glicemias y a preguntarme cómo me sentía. Claro, coincidió con un período de mi vida de mayor rebeldía frente a la diabetes: estaba trabajando muy bien, en lo que más me gustaba y disfrutaba de la vida acordándome de la diabetes sólo para inyectarme la única dosis del día de NPH… y nada más. Las glicemias, a veces, cuando estaban muy malas, simplemente las inventaba para estar dentro del “promedio”… Es que yo sentía a la doctora tan poco comprometida que como la diabetes no me dolía, daba lo mismo.
…
Y así perdí prácticamente ocho años de tratamiento… Hasta que conocí a Tamara, mi señora, en el verano del ´94. Y ella, que es médico pediatra, notó que yo estaba con un esquema un tanto “antiguo”, que no me controlaba como estaba dictando la pauta para esos años, con técnicas de multidosis… Y claro, la multidosis para la otra doctora era un poco “peligroso”, requiere un manejo más fino… O sea, supongo que me creería medio limítrofe mental, sin menospreciar claro está a quienes sufren ese daño…

Y Tamara, que no es tonta me dijo: “Pregúntale a tu “doctora” un par de cosas… además, pregúntale por qué no te manda a hacer una hemoglobina glicosilada…” Y ahí no más quedó demostrado que esa “doctora” no me servía para nada. Tal vez si hubiera tenido Diabetes Tipo 2, y ni siquiera eso. Su conocimiento era tan limitado, su manejo de nuevos tratamientos, nulo… que la verdad fue que me despedí amigablemente con la certeza de no volver nunca más a verla en mi condición de paciente.

Y así fue como llegué hasta quien es hasta hoy mi médico tratante, el que me recibió con un puñetazo en la guata literalmente luego de escuchar mi historia y darse cuenta que había perdido un tiempo precioso.

Él me explicó por qué estaba con un tratamiento anticuado, y todo el efecto negativo que aquello estaba teniendo en mi organismo y las implicancias futuras, no muy esperanzadoras les diré.

Y mi vida cambió. Y cambió para bien… Hoy disfruto de mi vida junto a mi esposa y mi hijo de 7 años, sin ninguna complicación, con 6,1 de hemoglobina glicosilada, usando lantus y novorapid, inyectándome cuando sea necesario… como el otro día, que había duraznos en conservas con crema de postre en la casa de mis papás… ¿Qué habría dicho mi primer doctor al verme degustar esa exquisitez?
Cada vez que puedo le digo a otras personas con diabetes o sus padres que deben sentirse cómodos con su médico. Que es en la confianza absoluta en lo que se basa dicha relación, que el médico debe ser capaz de responder todas, todas sus consultas, sin cuestionarlas, para eso está… Y si no, en la medida de lo posible claro está, entra a operar el libre mercado: tú eliges.


Hoy, cuando el GES nos “designa” al médico que nos atenderá el punto se hace crucial. Muchos hemos optado por mantener las visitas al médico de siempre (aunque signifique un pago extra) y “usar” al de la isapre o Fonasa como un mero expendedor de recetas. Sin embargo, es sabido que a través del GES hay varios profesionales de reconocida calidad, por lo que resta sólo informarse para ver hasta dónde se puede elegir.


Porque el manejo de la diabetes no es como la mesa de restaurante: si cojea una de las cuatro patas, en este caso no basta con poner una tapa de bebida para estabilizarla.

El altiplano, la altura y la “tía Betty”

En un post invitado, dejo con ustedes a mi buena amiga María Elisa con su aventura por las alturas del norte de nuestro país.

Por María Elisa Puig Lanas

Por temas laborales me tocó recorrer una zona del altiplano chileno a más de 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar. ¿Afecta la altura al control de la diabetes? es la pregunta que intento resolver en esta crónica de viaje.

Soy diabética desde hace siete años, y desde hace cuatro que me desempeño laboralmente. Entre los muchos desafíos que uno enfrenta cuando vive con diabetes, está el campo laboral. Muchas veces los miedos nos invaden y uno piensa; ¿podré desarrollarme profesionalmente si soy diabética?, ¿me limitará la diabetes?, ¿me aceptarán en mi trabajo si saben que soy diabética?, ¿a quién acudo si durante mi jornada laboral me siento mal o tengo un problema?… en fin, los cuestionamientos son muchos, pero depende exclusivamente de uno eliminarlos y darse cuenta que como profesional diabético eres tanto o, muchas veces más capaz que el resto de tus colegas.

Actualmente trabajo en el Ministerio de Bienes Nacionales, en la Unidad de Patrimonio y Espacio Público, que tiene como fin poner en valor, entregar acceso ciudadano, gestionar y administrar bienes del Estado que tengan valor patrimonial, ya sea histórico, cultural o natural. En ese entendido se desarrolla el programa Rutas Patrimoniales (ver colección en: “http://www.bienes.cl/sitioweb2009/recursos/nuevas_rutas/default.htmhttp://www.bienes.cl/sitioweb2009/recursos/nuevas_rutas/default.htm).

Este año trabajamos en cuatro nuevas rutas, entre las que se encuentra un recorrido por la zona precordillerana y el altiplano de la región de Arica, circuito del cual tomé la coordinación.

Junto con programar el trabajo, uno de mis primeros pensamientos fue obviamente en relación a mi diabetes… tengo que viajar al altiplano, voy a estar en altura y trabajando… ¿traerá eso algún problema para mi control?.

De inmediato pensé en el medidor de glicemia, algo había oído, sobre que la altura les afectaba o que los laboratorios no garantizaban su correcto funcionamiento a más de 3.800 metros sobre el nivel del mar (m.s.n.m) y yo ¡estaría principalmente entre los 4.500 y 4.600!…

Temor que se fundaba además en una experiencia previa, pues he tenido la suerte de recorrer importantes zonas del altiplano de nuestro país, así como el de Bolivia y Perú, y a pesar de que siempre había estado todo bien, la vez que estuve más alto, precisamente en la región de Arica en el Lago Chungará, misteriosamente mi medidor no funcionó… misterio que después comprobé que había sido descuido y falta de batería suficiente, pero la duda siempre quedó presente.

En todas esas oportunidades mis estadías en zonas de gran altura, pues estuve en La Paz y Puno (promedio 3.500 m.s.n.m) en una oportunidad, habían sido cortas y afortunadamente sin problemas, pero esta vez el escenario era diferente, no sólo permanecería algunos días en la zona, sino que además esta vez lo haría trabajando, de forma apurada (como son los terrenos en general), cansada y rodeada de colegas que poco (en algunos casos) y nada (en la mayoría) sabían de diabetes y su control.

A eso se sumaba que por un cambio de dosis y enfoque del tratamiento, algunas enfermedades y problemas varios, mi autocontrol había estado bastante complicado y pocos días antes del viaje había logrado estabilizarme.

Como en muchos casos de dudas, recurrí a mi buen amigo Marcelo, quien me ayudó con el tema del funcionamiento de los medidores en altura. Finalmente luego de sus investigaciones y las mías concordamos en que mi medidor Roche debería funcionar adecuadamente, pero que por precaución sería bueno viajar con una segunda alternativa.

El vuelo de Arica partió muy temprano en la madrugada (5:40 AM) y desgraciadamente tuve problemas para facturar mi equipaje, lo que me obligó a dejarlo en el aeropuerto, a la espera de que los Consultores que trabajaban con nosotros, lo embarcaran en su vuelo horas más tarde.

A pesar de que en el equipaje llevaba mi ropa y diferentes implementos para el trabajo, mis insumos (insulinas, cintas, medidores y jeringas), siguiendo consejos que alguna vez aprendí en la Fundación de Diabetes Juvenil iban conmigo en el bolso de mano, por lo que, de no llegar mi equipaje, debería comprar algo de ropa, pero el terreno podría seguir tal y como había sido programado.

Esa madrugada mi glicemia en ayuna fue de 121 mg/dL, hasta ahora todo comenzaba bien.

Luego de un intenso día de reuniones en Arica el miércoles partimos a las 7:30 rumbo al altiplano. La zona que recorreríamos era bastante amplia, despoblada y en general carente de servicios, por eso la noche anterior nos preparamos con todos los implementos necesarios; alimentos, gran cantidad de agua, bencina para el vehículo, mapas, etc. Y yo (que a estas alturas ya había recuperado mi mochila) hice lo propio con mis cosas, repasé los medidores, sus niveles de batería, corroboré que llevaba además dos pilas para cualquier eventualidad, mis jeringas, cintas e insulinas.

Mi glicemia en ayuna de esa mañana, probablemente por la tardía cena de la noche, fue un poco elevada (189 mg/dL), pero ya a las 10:27 de la mañana, momento en que hicimos la primera parada a tomar desayuno, en el precioso Tambo de Zapahuira a 3.300 m.s.n.m, mi glicemia era de 127 mg/dL.

Tomamos desayuno en uno de los pocos locales que a orillas del camino ofrecen una parada de descanso y alimentación a los miles de camioneros que a diario recorren la ruta internacional CH 11 Arica – La Paz. Y como siempre en los ambientes rurales de nuestro país, el pan del desayuno era pan amasado. Siempre he tenido malas experiencias con el pan amasado, su consistencia, su gran cantidad de grasa o manteca, la adición de azúcar, etc., generan consecuencias en mi glicemia… y en la de todos no?.

Para un mate de hojitas de coca (recomendable para aclimatarse a la altura), una paila de huevos y el gran pan amasado decidí inyectarme 10 unidades de Novorapid, calculando que éste tenía aproximadamente 80 HdC… y como en muchas oportunidades, fallé en el calculo, pues a las 12:32 y a 4.000 m.s.n.m mi medidor marcaba la no agradable cifra de 275 mg/dL… ¿habrá sido el pan de Zapahuira? O ¿puede que la altura esté generando consecuencias?… lo averiguaría más tarde… 3 unidades de Novo para corregir y a continuar en lo mío.

Siendo ya medio día y encontrándonos a gran altura y muy cercanos al nivel máximo en que llegaríamos, en términos físicos ésta no había implicado mayores problemas, evidentemente el ritmo de la respiración cambia (se acelera) y cuando bajábamos del auto, era necesario caminar despacio y con precaución para evitar mareos y movimientos bruscos, pero por lo menos para mí, hasta ese momento, la altura no significaba ningún inconveniente.

Por un tema de logística, recursos y planificación del trabajo, en general este tipo de terrenos se hacen bastante acelerados, y hay que aprovechar al máximo las horas de luz y el tiempo disponible, por lo que los horarios de comidas, descanso y recreación se desordenan y muchas veces casi no existen, a lo que debemos sumar que la zona donde me encontraba casi no posee servicios.

A las 14:02 y ya a 4.200 m.s.n.m, un alto en mi concentración para controlar la glicemia y corroborar la corrección del medio día… 135 mg/dL ¡todo bien!.

Rato más tarde llegamos a uno de los destinos más importantes que teníamos que visitar; el Salar de Surire, Monumento Natural y un importante sector de hábitat, reproducción y anidación de flamencos rosados, ubicado sobre los 4.200 m.s.n.m. El impacto que genera la belleza del lugar es indescriptible.

Luego de nuestro “mágico” encuentro con el Salar, continuamos el viaje, retomando el camino de la mañana ahora rumbo al norte con parada final el Lago Chungará y luego Putre, que sería nuestro lugar de alojamiento y descanso.

Recorriendo la Reserva Nacional “Las Vicuñas” ubicada entre el Salar de Surire y el Parque Nacional Lauca donde está el Chungará, nos detuvimos en una orilla del río Lauca a descansar por un momento y comer algo, ya eran las 4 de la tarde y estábamos sólo con el desayuno de Zapahuira.

Evidentemente por las condiciones, nuestro menú no podía ser más variado que un sándwich y alguna fruta, así es que yo con una glicemia de 110 y preparada a comer dos tajadas de pan de molde con salame y una naranja decidí inyectarme 6 unidades de Novo. (foto glicemia)

20 minutos para almorzar, caminar un rato, estirar las piernas, disfrutar del hermoso paisaje y el aire gélido del altiplano y a continuar nuestro camino.

Para llegar a Chungará nos desviamos por un camino poco conocido y transitado, una ruta paralela a 4.400 m.s.n.m, completamente aislada en donde constantemente se cruzaban vicuñas, guanacos silvestres e incluso Ñandúes. El nivel de aislamiento en que nos encontrábamos era sorprendente y incluso atemorizante.

Luego de una hora llegamos nuevamente a la carretera CH 11 a orillas del Chungará y una preciosa vista de los volcanes Parinacota y Pomerape.

A las 17:52, luego de un par de fotos y unas anotaciones, nos despedimos del Lago Chungará y de los volcanes, siguiendo camino abajo por la ruta Internacional rumbo a Putre, aún debíamos detenernos unos kilómetros más abajo en las lagunas Cota Cotani.

Aprovechando que habíamos llegado a la mayor altura en que estaríamos ese día (4.530 m.s.n.m), decidí poner a prueba los dos medidores que llevaba. El medidor cotidiano de Roche (Accu Chek Active) marcaba 83 mg/dL, mientras que el de repuesto de Jhonsson (One Touch UltraMini), la similar cifra de 98 mg/dL. La primera prueba arrojaba buenos resultados.

Instalados en Putre, luego de un largo día, lo primero que hicimos fue buscar un lugar donde cenar o más bien, dado nuestro escueto menú del día, almorzar. Como en general pasa en las zonas extremas de nuestro país, los menús que ofrecen los restaurantes locales son bastante suculentos y para nuestro apetito, la cazuela de entrada, espaguetis con salsa bolognesa y fruta de postre, resultaban más que necesarias. Con 79 mg/dL de glicemia, decidí inyectarme 9 unidades una vez terminado el plato de fondo.

A las 23:55 de ese largo miércoles, controlé por última vez mi glicemia (114 mg/dL) y a dormir.

El jueves comenzó temprano y mi glicemia a las siete de la mañana, según el medidor Roche era 70 mg/dL y según Jhonsson 82 mg/dL.

Putre es la ciudad más grande de esta zona de la región y cuenta con gran cantidad de servicios, entre ellos una buena infraestructura turística, como el hostal para gringos en el que alojamos, donde nos ofrecieron un típico desayuno americano con pan de molde, mantequilla, mermeladas, queso y té o café.

Luego de algunas fotos y recorrer las callecitas del pueblo, a las 8:30 nos encontrábamos en la ruta, rumbo a Parinacota y Caquena, ubicadas al noreste de Putre.

Caquena es un pequeño poblado altiplánico, ubicado a 4.600 m.s.n.m en la mitad de un bofedal, que nutre al pueblo de agua y el alimento necesario para el desarrollo del pastoreo de llamas, guanacos y vicuñas, principal actividad económica de las poblaciones altiplánicas.

Actualmente en el pueblo habitan 4 familias, junto a la guardia de carabineros que realizan turnos en la comisaría local y al profesor de la escuela básica que atiende a siete niños de entre siete y 13 años, todos en una sala de clases con un sólo profesor, que reside en Arica donde tiene a su familia, a la que deja cada semana cuando sube a cumplir con su labor, para retornar cada fin de semana a compartir con su pequeño hijo.

La vocación del profesor, los ojos de inocencia de tres pequeñas niñas, junto al impactante entorno natural de Caquena, quedarán para siempre grabados en mi memoria. La experiencia seguía siendo igual de sobrecogedora que el primer día.

A las 11:00 nos encontrábamos ya en Parinacota, pequeño pueblo que ha destacado turísticamente en la zona, debido a su Iglesia, que data del siglo XVII y que en su interior posee unos frescos de la misma época en muy buen estado de conservación.

A 4.400 m.s.n.m, decidí nuevamente poner a prueba los medidores… el de Roche, que me había acompañado durante todo el recorrido marcaba 150 y el de Jhonsson, arrojó la cifra de 141… en conclusión, luego de tres pruebas, ambos medidores funcionaban perfecto en condiciones de gran altura, superiores a las sugeridas en los manuales de ambos.

Luego de visitar el poblado agrícola de Socoroma, característico por su verde entorno producto de la quebrada, ya a la hora de almuerzo nos encontrábamos de vuelta en Zapahuira, para realizar el último tramo de nuestro largo recorrido, el que nos llevaría por la zona precordillerana, recorriendo la gran cantidad de poblados, que aprovechan las mejores condiciones climáticas, de agua y suelo, para generar actividades agrícolas.

Con 157 mg/dL de glicemia, 10 unidades de Novo era lo necesario para la contundente cazuela con sémola, que fue el reparador almuerzo que nos permitió continuar camino.

La ruta que seguimos, bordeaba en promedio los 3.200 m.s.n.m, subiendo y bajando por verdes quebradas que contrastaban con la aridez de la precordillera. Dejábamos atrás la zona de puna (denominación local de las zonas de mayor altura) y la evaluación fue positiva en todos los sentidos; habíamos logrado recorrer todos los puntos planificados, ningún miembro del equipo había tenido inconvenientes con la altura y yo personalmente había logrado un muy buen control de mis glicemias.
Pasadas las cinco de la tarde y luego de recorrer y detenernos en 5 poblados, comenzamos el regreso a la ciudad de Arica, esta vez por la ruta que sigue la quebrada de Chaca, para conectar con la Panamericana o 5 Norte, 22 kilómetros al sur de Arica.

La Bajada desde el último pueblo a la Panamericana consistía en poco más de 110 kilómetros, los que se hicieron bastante largos, puesto que el camino al seguir la quebrada, está compuesto de gran cantidad de cuestas, bajadas y curvas. El paisaje que nos acompañaría en este trayecto era completamente diferente al anterior; el más absoluto desierto, matizado por quebradas secas, subidas, bajadas y la gran cantidad de tonos y colores que posee el desierto chileno tan rico en minerales.

A las 18:34 la sensación de vacío en el estómago y un leve mareo distraen mi absorta contemplación del árido paisaje, el número 58 de mi medidor de glicemia me daba la explicación.

Poco más de 3 horas nos tomó el regreso a Arica, nuevamente a orillas del mar. A las 22:24 horas, me encontraba instalada en el hotel, con 117 mg/dL de glicemia, poniendo fin a dos intensos días por el altiplano, que no sólo nos permitirían hacer un gran trabajo para la implementación de la ruta, sino que, nos dejarían a las 6 personas que conformamos el equipo, con una gran experiencia a cuestas.

Y a mí con la satisfacción de haber cumplido la tarea y de haber comprobado en terreno y empíricamente, como tantas veces he hecho en estos siete años, que sin importar las condiciones, el lugar, la actividad, el cansancio, las obligaciones; vivir bien con diabetes depende de uno, de un buen autocontrol, pero por sobre todo de las ganas de vivir una vida normal, sin restricciones, complicaciones, ni problemas de ningún tipo, buscando la felicidad y la realización como personas.