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La investigación de la Dra. Faustman, ¿una nueva esperanza para la cura de la diabetes tipo 1?

Lunes, 4 de julio de 2011

Dra. Denise Faustman.

Leí sobre la Dra. Denise Faustman por primera vez hará unos 8 o 9 años, dentro del contexto de esas noticias que llegan de pronto y dicen que por ahí un científico había curado la diabetes… en ratones.

Pasó el tiempo. De vez en cuando leía en qué estaba está científica, pero para ser honesto no le seguí mucho la pista hasta que una amiga que tiene un hijo con diabetes me llamó antes de un viaje a Estados Unidos. Quería preguntarme qué sabía de las investigaciones de esta doctora y luego a su regreso nos juntamos porque tenía que contarme lo que allá había sucedido. Eso fue hace por lo menos un par de años.

Y es que esa amiga terminó en el mismísimo laboratorio de la Dra. Fautsman y por esas casualidades, el destino quiso que fuera ella misma la que le explicara todo el protocolo para que su hijo postulara al enrolamiento de los pacientes que participarán en la Fase II del estudio que estaba llevando adelante.
Mi amiga venía tan entusiasmada que me regaló una fotocopias de unas hojas en donde con su puño y letra la Dra. Fautsman le explicó en qué consistían sus investigaciones y los pasos a seguir.
Acá pueden verlas…

Apuntes

Bueno. Luego de someterse a diversas pruebas, el hijo de mi amiga fue aceptado… Pero hasta el día de hoy no hay novedades en relación a cuándo comenzará oficialmente la Fase II.

Todo esto para introducir una noticia que surgió de la última reunión de la ADA en San Diego, Estados Unidos.

Los medios la titularon como una “nueva esperanza contra la diabetes”.

Vaya… Si la Dra. Faustman ya lleva más de 20 años de investigación en el campo de la autoinmunidad y más de 10 en el área de la diabetes… no sé que tan “nueva” pueda denominarse. En fin.

A saber, ella es Directora del Laboratorio de Inmunobiología del Hospital General de Massachusetts y Profesor Asociado de la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard.

Lo que sorprende a los más legos es que a todas luces el tratamiento parece muy simple, toda vez que utiliza como “medicamento” una vacuna con décadas de antigüedad, de bajo costo y a la que tiene acceso la mayoría de las personas en todo el mundo, la vacuna del Bacilo de Calmette-Guerin (BCG).

En palabras simples, lo que la Dra. Fautsman y su equipo han conseguido en esta Fase I es “matar” las células del sistema inmune que destruyen las células beta en el páncreas.

En su presentación en la ADA, la doctora dijo que aún queda un largo camino por recorrer antes de que el tratamiento demuestre su utilidad contra la diabetes humana. “Es prometedor, pero esto no reemplaza a la insulina todavía”, agregó.

El ensayo de Fase I es el primero de un proceso de múltiples pasos requeridos por la autoridad americana antes de que los medicamentos sean aprobados para uso contra enfermedades específicas. Considerando que un ensayo de Fase I se centra por lo general en evaluar la seguridad de un medicamento, dejando a la eficacia para ser probada en la fase 2, Faustman dijo que su análisis mostró que los seres humanos no sólo se tolera el medicamento, si no que tuvo una respuesta positiva, muy similar a la observada en ratones de laboratorio, aunque en menor grado.

Haciendo historia, la Dra. Faustman y su equipo sorprendieron al mundo de la diabetes cuando hace 10 años anunciaron que habían curado la diabetes en ratones de laboratorio con la enfermedad avanzada. En aquella oportunidad los investigadores inyectaron a los ratones con un compuesto que estimula al cuerpo para producir el factor de necrosis tumoral, una molécula que destruye selectivamente las células inmunes.

En los experimentos con ratones también se utiliza una segunda intervención para reeducar a las células precursoras que dan origen a las células inmunes. Se trata de las células precursoras que eran de alguna manera “maleducadas” y reconocían a las células beta del cuerpo como “extrañas”, y por lo tanto las destruían.

En ese momento, los investigadores habían detenido el ataque del sistema inmune contra las células beta del cuerpo propio, pero creían que tenían que trasplantar células beta al páncreas agotado para restaurar la producción de insulina.

Para sorpresa de todos, los ratones comenzaron a producir su propia insulina, lo que indica que su páncreas, incluso después de haber estado “inactivo” por un tiempo significativo, fue capaz de regenerar las células necesarias para reanudar la producción de insulina.

Aunque esto fue recibido con escepticismo por la comunidad científica, los mismos resultados fueron replicados más tarde por otros laboratorios en el mundo.

La fase 1 de ensayos en humanos difiere de los experimentos con ratones de manera importante. Los investigadores que trabajaron con los ratones emplearon una estrategia que tenía dos caminos como vimos antes: utilizando un medicamento para eliminar las células malas del sistema inmune, llamadas células T; y una segunda intervención para destruir las células precursoras que les dieron origen. Debido a que en los ensayos de medicamentos sólo pueden probar un compuesto a la vez, la investigación en humanos sólo probará la droga que creen que afecta a las células T malas, pero no a sus precursores. Esto significa que si el tratamiento en última instancia resulta eficaz, será necesario repetir las dosis para prevenir un nuevo ataque al páncreas.

El ensayo de Fase I se utilizó una droga aprobada por la FDA similar a la utilizada en los experimentos con ratones, que fue para fines de investigación. En los ensayos en humanos, se utiliza la vacuna contra la tuberculosis Bacillus Calmette-Guerin.

Los investigadores administraron dosis bajas de BCG o un placebo a una docena de personas que tenían diabetes por un promedio de 15 años. La droga fue administrada en dos dosis, separadas por cuatro semanas, y se extrajo sangre semanal o quincenalmente durante 20 semanas. Se compararon los resultados con 90 muestras de referencia adicional. En conjunto, los investigadores examinaron más de 1.000 muestras.

La doctora Faustman dijo que la investigación demostró que el tratamiento con BCG mató las células T, el atacante del páncreas, y aumentó la propia protección del cuerpo frente a estas células. Debido a que los participantes del estudio tenían diabetes y su tratamiento incluía la insulina exógena a la hora de controlar su condición, los investigadores no pudieron medir directamente los niveles de insulina para ver si las células beta había reanudado su funcionamiento. Lo que sí hicieron fue medir los niveles de péptido C, un compuesto marcador que es producido por el páncreas cuando produce la insulina. Y lo que vieron fue un aumento temporal de niveles de péptido C en la mayoría de los participantes, lo que revela que su páncreas había iniciado al menos parte de la producción de insulina.

Si bien los resultados son prometedores, Faustman dijo que las investigaciones deben continuar. Por lo mismo es que están preparando un ensayo de Fase II que emplean a más sujetos de estudio para poner a prueba la dosis y la eficacia. Aunque el estudio todavía está siendo diseñado, Faustman dijo que los investigadores probablemente administrarán una dosis más alta de la vacuna BCG a los participantes con diabetes cada seis semanas durante 18 meses.
Se dijo que debido a que los participantes entrarán en el estudio en diferentes momentos, se espera que toda esta fase del estudio esté concluida en tres años.
Para la fase II se necesitan US$ 25.2 millones y hasta la fecha sólo tiene US$8.2 millones.

Como ven, es una nueva esperanza, pero tampoco como para entusiasmarse en demasía. Han pasado más de 10 años desde las primeras investigaciones, y como dice mi amiga que estuvo en Boston, todavía no comienza la Fase II… y se necesitan cuatro para que un medicamento postule a ser aprobado para uso en la población general.

A seguir atentos no más.

Fuente: http://news.harvard.edu/gazette/story/2011/06/new-hope-against-diabetes/

Más información en:
http://www.faustmanlab.org/

http://www.facebook.com/FaustmanLab

Un páncreas artificial no es la cura de la diabetes.

Miércoles, 20 de enero de 2010

Cuesta escribir esto pero no tengo por qué ocultar lo que siento.

Y es que la noticia que leo no me emociona tanto como a otros…

La nota en cuestión la recibí vía Twitter el miércoles de la semana pasada por la mañana y no pude publicar nada pues estuve todo el día en reuniones de las que espero poder informarles más adelante.

Se las resumo. La Fundación de Investigación para la Diabetes Juvenil (JDRF por sus siglas en inglés) anunció una innovadora alianza con Animas Corporation (cuyos dueños son Johnson & Johnson) para desarrollar en conjunto un sistema automatizado y ayudar así a las personas con diabetes tipo 1 en un mejor control de su enfermedad. Este sería el primer paso en el más revolucionario avance en el tratamiento de la diabetes tipo 1 pues de lo que se habla es del desarrollo de un páncreas artificial, un sistema totalmente automatizado para entregar insulina al pacientes basado en los cambios en tiempo real del nivel de azúcar en la sangre.
Se espera iniciar las pruebas en un año y en un plazo de unos cuatro tenerlo listo para la comercialización y aprobación por parte de la FDA.

Les dejo el enlace al comunicado para que lo vean ustedes mismos. http://www.jdrf.org/index.cfm?fuseaction=home.viewPage&page_id=2458B97B-1279-CFD5-A70D0580F67A16A9

Debo declarar que encuentro tremenadamente destacable y respetable el trabajo que desarrolla la JDRF, eso es incuestionable.

Pero no puedo emocionarme por lo que leo. Cuando se plantea que el dispositivo será un páncreas artificial es en donde me surgen las dudas.

Primero se dice que el dispositivo detendrá la infusión automáticamente en situaciones de hipoglicemia y la aumentará en caso contrario.

Invito a los lectores más nuevos a leer, y a los antiguos a recordar, que acá mismo en MiDiabetes.cl, y con ocasión del Congreso de la ADA en USA, publiqué una nota sobre el Paradigm Veo, el dispositivo de Medtronic que es una bomba asociada a sensor continuo de glucosa que lanza la alarma de hipoglicemia y detiene hasta por dos horas la infusión de insulina. Más todavía. Acaba de ser presentado en España.

O sea, ya hay algo parecido en el mercado Europeo, pero todavía no recibe la aprobación de la FDA. Desconozco la relación entre Medtronic y la JDRF, desconozco el por qué todavía no es aprobada en los Estados Unidos.

Pero más allá de las dudas de orden económico-político que me surgen, aparecen otras más relacionadas con la cosa científica.

¿Han reparado en lo que implica escuchar sobre un órgano artificial? Pulmones artificiales, corazón artificial… Y hasta el sistema de diálisis cae en la categoría de riñón artificial. ¿Y cómo son esos aparatos? ¿En qué circunstancias llegan a ser usados? Grandes, costosos, usados como elementos de salvataje frente a una emergencia vital.

Es cierto que el avance de la ciencia nos ha llevado a la disminución en el tamaño de los dispositivos. Basta ver las imágenes de las primeras bombas de insulina: verdaderas mochilas en las espaldas de los pacientes, hoy reducidas a medidas similares a las de un buscapersonas o un teléfono móvil.

Bomba y sensor continuo de glucosa en un mismo aparato ya trabajan juntos, con resultados no del todo óptimos, pero abren la esperanza de que algo mejor vendrá.

Sin embargo, liberar al paciente de la toma de decisiones… Todavía lo veo lejano.

Tendríamos que adentrarnos en los intrincados caminos de la química de la alimentación para entender que la liberación de insulina por parte de las células beta no comienza cuando el azúcar llega a la sangre. Tendríamos que tener muchas páginas para explicar el mecanismo que propicia la liberación por parte del hígado del glicógeno que nos hace subir la glicemia cuando estamos bajos.

Hoy yo, con los datos de glicemia e ingesta de carbohidratos que ingreso a la bomba propicio que el aparato me ofrezca una cifra, una sugerencia en cuanto a la cantidad de insulina a liberar para determinada comida. Y todo eso basado en la comunión de las partes móviles del equipo y un complejo software. Pero soy yo el que modifica esa cantidad si lo que voy a comer contiene muchas grasas o es de absorción rápida. Soy yo el que decide activar una basal temporal al 50% luego de realizar un ejercicio sostenido en el tiempo. Soy yo el que previendo una situación de estrés y posible aumento de la glicemia me aplico 0,2 UI para mantener el azúcar en el rango meta. Soy yo el que sabe que dependiendo de donde me ponga la cánula, habrá una variación en la absorción de la insulina, y en ese caso, tengo que cebarla con más unidades que las normales… y hasta subir un poco mi basal por un rato.

La regulación del nivel de mi azúcar en sangre parte en mi cerebro… Y no me imagino este “páncreas artificial” conectado a mi cerebro.

Reducir la explicación del funcionamiento de un páncreas artificial a que si el sensor marca alta la bomba infunde más y si es una baja deja de bombear, es saber poco del trabajo de nuestro maravilloso cuerpo humano (bueno, maravilloso es un decir en mi caso).

Hay muchas otras investigaciones que van por el camino de la modificación genética, de un reajuste de nuestro sistema inmune, vacunas y células madre de por medio, que para mi tienen más el sentido de la “cura”.

Pero como dije hace casi 24 años, ojalá alguno de los esfuerzos que se hacen por “mejorarnos” resulte. Ojalá haya un aparato, un método, un medio que pueda curarnos de una vez por todas, o por lo menos curar a los que están por ser diagnosticados.

Como en esas navidades en que no esperaba nada y tenía el mejor regalo que pudiese haber escogido, antes que las decepciones y la desesperanza por el fracaso prefiero la cautela y llevarme una tremenda sorpresa cuando lo que se dice y anuncia con comunicados de prensa sea de verdad realidad.

Glucómetros… esos aparatos en los que debemos confiar

Martes, 21 de julio de 2009

A propósito del revuelo que causó la noticia sobre Lantus y los estudios que la situaban siendo el origen de algunos tipo de cáncer es que me detuve a pensar…

¿Por qué usamos los glucómetros que usamos? ¿Precio? ¿Calidad? ¿Costumbre? ¿Obligación? ¿Es lo que hay no más?

Llegó a mis manos el glucómetro Prodigy Autocode. En un próximo “MiDiabetes lo prueba” les contaré como estuvo, pero esta prueba me llevó a recordar cuando hace un par de años probé un modelo anterior de la misma marca… que me pareció bastante pobre en calidad, muy lejos del que probé hoy día, o sea hay un avance considerable en lo que la marca nos ofrece hoy día.

Y claro… De términos técnicos como glucosa oxidasa, reflexión de luz y otras cosas poco sabemos o la verdad poco nos interesa… Pero debería, pues del resultado que leemos en esa máquina depende casi nuestra supervivencia.

Pero… ¿quién certifica que lo que marca el glucómetro que usamos sea la realidad? ¿Quién nos garantiza que los resultados son confiables?

A las insulinas les pedimos muchos estudios clínicos que garanticen su efectividad y su seguridad… Y a las máquinas con las que medimos nuestra glicemia… ese resultado que nos lleva a dosificar nuestra jeringa, lápiz o bomba no le pedimos lo mismo.

Saben ustedes que el estándar internacional permite hasta el 20% de error como margen a los glucómetros… ¡20%! A esta hora, las 22:09, mi bomba me corrige con 0,6 UI si tuviera 300 mg/dL y con nada si tuviera 240 mg/dL…

El punto es que ¡confiamos! en esas máquinas sin cuestionar mucho parece… Y justo me encuentro con un artículo en el New York Times on line que trata del tema. Se los copio abajo pues creo que está sólo para suscriptores. Habla de que los estándares para monitores de glicemia deben ser elevados dada la cantidad de gente que los usa hoy día para dosificar tratamientos y lo crítico de su uso, ya que es común verlos incluso en las salas de urgencia de hospitales.

Todo un tema.

Standards Might Rise on Monitors for Diabetics

By GARDINER HARRIS
Published: July 18, 2009

Federal officials may soon require improvements for the glucose monitors used by more than 11 million diabetics in the United States.

The rise in the use of home glucose monitors, even by hospitals, is pushing the action by the Food and Drug Administration, which for decades has followed international standards that allow the devices to be wrong by as much as 20 percent. Such a wide error rate can leave patients vulnerable to severe problems, including seizures, unconsciousness and coma.

In June, the agency pressed the international group that sets the standards to tighten them. If the group refuses to act, the agency “may instead recognize other (higher) performance standards” on its own, according to a June letter from Dr. Margaret A. Hamburg, the agency commissioner.

A change in the international standards is the easiest and best option, officials said. The International Organization for Standardization, which sets the standards, can act quickly and broadly. But the F.D.A. can change the rules itself through a more time-consuming and cumbersome process.

Officials said they would keep pushing until monitor accuracy improves, a promise that diabetes doctors cheered. In a May letter, the American Association of Clinical Endocrinologists formally asked that the agency act on the issue.

“Because of the highly variable quality of the meters and the glucose testing strips in widespread use, the safety of our patients who depend upon those meters is threatened,” the letter said.

Khatereh Calleja, a spokeswoman for the Advanced Medical Technology Association, which represents monitor manufacturers, responded, “We think the present standard is working.”

Diabetes has been diagnosed in 18 million people in the United States, and another 6 million are estimated to have the disease without knowing it. It is the seventh leading cause of death and costs the United States an estimated $174 billion a year, with the federal Medicare program spending $1 billion on diabetes test strips alone.

Of particular concern to federal officials is the increasing use of home glucose monitors in hospitals. A landmark 2001 study published in The New England Journal of Medicine found that using insulin to maintain low blood sugar levels in critically ill patients, even those without diabetes, reduced hospital deaths by 34 percent — a result so astonishing that hospitals around the world soon adopted the practice.

But instead of buying the highly accurate and expensive glucose monitors used in the study, many hospitals bought cheaper home models never approved for hospital use. More recent studies have shown that critically ill hospital patients whose glucose levels were kept low suffered more problems — the opposite result from 2001.

The difference, F.D.A. officials said, may have resulted because many patients in the second study were checked with home monitors.

“We think this technology is not up to par for some of the protocols we see out there” like hospital treatment of critically ill patients, said Dr. Alberto Gutierrez, deputy director of the agency’s in vitro diagnostics office. “We feel passionately that this is an important issue.”

Besides having a wide error rate, many home monitors give the wrong result if patients are taking certain drugs like Tylenol or even vitamin C. The Accu-Chek monitors made by Roche can be confounded by drugs commonly used in dialysis. Julie A. Vincent, a Roche spokeswoman, said, “Every blood glucose monitor on the market has some limitation or interferences.”

The F.D.A. issued warnings about the drug-related problems, but doctors complain that they have a hard time keeping straight which drugs conflict with which monitors.

“In the hospital setting, you really don’t know how many deaths are due to things that may be related to meter accuracy,” said Dr. Richard Hellman, a former president of the endocrinology group. “I don’t know how common it is, but I don’t think it’s rare.”

A study by government researchers found that when comparing tests from five different popular monitors, results varied by as much as 32 percent. For a class science project recently, Morgan DiSanto-Ranney, 16, of Bishop O’Connell High School in Arlington, Va., bought seven different glucose monitors and had her father, a diabetic, use all of them.

“What I found was that almost all of the meters were off from one another by 60 to 75 points,” Morgan said in an interview. Two of the meters — Ascensia Breeze and Ascensia Breeze II, both made by Bayer — differed by an average of 62 points, she said.

Staci Gouveia, a Bayer spokeswoman, said her company’s monitors meet federal requirements. “If the F.D.A. standards change, Bayer will work with the F.D.A. to meet their requirements and assure the accuracy and effectiveness of our meter,” Ms. Gouveia said.

Morgan’s mother is Emilia DiSanto, a staff investigator for Senator Charles E. Grassley, Republican of Iowa. Briefed on Morgan’s test and other studies, Mr. Grassley sent a letter to the F.D.A. in June asking officials to review the problem.

As a result of her project, Morgan’s father lost faith in glucose monitors. “He doesn’t use them as much anymore,” she said.

That reaction is exactly what federal officials are hoping to avoid by quietly pressing manufacturers to improve accuracy. Multiple studies make clear that diabetics who routinely use monitors are healthier and suffer fewer serious complications than those who do not.

Manufacturers have long complained that any requirement to improve accuracy would lead them to raise prices, which would discourage use.

“If we decrease the use of meters, you will have some fairly dire consequences to health,” Dr. Gutierrez said, but requiring stricter accuracy standards “seems a reasonable and safe practice to do.”

Every year, the F.D.A. receives reports of several deaths and thousands of injuries related to glucose monitor failures, but the reports represent only a fraction of the actual toll. Insulin-dependent diabetics slip into unconsciousness once a year on average, and 40 percent suffer seizures or coma in their lifetimes because of low blood sugar levels, according to the American Diabetes Association, which has long advocated stricter accuracy standards for monitors.

“Insulin is a dangerous drug, and if someone makes the wrong decision about its use because of a bad test, they could die,” said Dr. David Sacks, an associate professor of pathology at Harvard Medical School.